LOS «SÍ, PERO» «NO, PERO»… DEBAJO HAY LAMENTO y ya sabemos que no viene a cuento

Conocí a Teresa en unas circunstancias particulares. Ella acompañaba a su marido recién operado de un tumor en el cerebro y yo acompañaba a mi padre que había sufrido el día de su 80 cumpleaños un derrame cerebral.

Mi padre había ingresado a las 8 de la mañana y le habían puesto en una habitación compartida. A las 9:30 ya nos había dicho muy serio el neurocirujano que no había nada que hacer, que iban a aplicar el «bendito» protocolo (lo de bendito lo digo yo) poniéndole una válvula en la cabeza… pero que fuéramos pensando que de la noche no pasaría. A las 10 la enfermera jefe vino a decirnos que le trasladaban a una habitación individual porque era duro para los demás pacientes estar al lado de una persona que se iba a morir y para que nosotros pudiéramos tener más intimidad. ¡Bendita decisión! ¡Y humana!

No había habitaciones individuales libres así que decidieron cambiar a un paciente que estaba en una. A mí me daba corte, la verdad, es tan diferente estar en un hospital en habitación compartida o solo que entendía que la persona se pudiera enfadar o al menos protestar o al menos poner mala cara… (que seguramente es lo que yo hubiera hecho en aquel entonces por lo menos).  Pues no. Al paciente le acompañaba su esposa y no solo no protestaban si no que la mujer me sonreía y él,cuando yo le quise ofrecer una disculpa,  me dijo «no te preocupes hija, a todos nos gustaría que nos hicieran lo mismo llegado el caso». Yo emocionada por dentro.

La mujer que me sonreía era Teresa.

A su marido le habían extirpado un tumor cerebral ya hacía unos días y estaba saliendo airoso de semejante «susto». Ella parecía una ratita hacendosa moviendo bolsas de una habitación a otra. Yo hacía lo mismo de la otra a la una y me acabo de dar cuenta ¡yo si soy ratita! (según el horóscopo chino). Afortunadamente fuera de la moda de obesidad reinante es alta y menuda, siempre bien puestita. Me daba gusto verla. En los días sucesivos tuvimos muchas conversaciones, ella, Fernando y yo. Aunque se notaba que él debía de haber tenido genio (ella también ¡pero se lo comía! – de ahí la delgadez, a lo mejor) era un hombre jovial, con la cara redonda y colorá, siempre se alegraba de mis ánimos para ellos, «eh, ahora a vivir, a disfrutar lo que más podáis» y él me decía «si hija, tienes razón». Teresa ponía cara de circunstancias, como diciendo «sí, disfrutar, serás tú – por el marido – porque yo…» (no lo dijo nunca, es todo un penséqué mío que es verdad que he confirmado con el tiempo, sin embargo nunca lo dijo en presencia de él)

¿Qué paso con mi padre? Pues mira tú por donde el neurocirujano se confundió, es lo que tiene la naturaleza humana que no hace caso de los protocolos de los médicos.¡Y ha sido uno de los episodios más bonitos de mi vida, por lo menos! Como en teoría se iba a morir esa misma noche pues nos quedamos madre y yo. La habitación tenía una pequeña terraza – ¡ventajas de los hospitales antiguos que pensaban con la cabeza en lugar de con «la idea de beneficio» por ponerlo en palabras medio bonitas! – y mientras pasaban las horas yo me acordaba de cuando era pequeña, me acordaba de … esto y aquello Sin embargo por más que lo intentaba, no podía imaginar qué sería la vida sin el padre, no por tristeza sino porque no me lo imaginaba. A las 6 de la mañana me levanto del sillón-sofá que había en la terraza para ir al servicio, madre se levanta a su vez y se va a la terraza con cara de no saber ni qué pensar. Al volver del servicio veo que el papá se mueve, abre los ojos y yo alucinada «papá, ¿cómo estás?» y el dice «bien, ¿por qué?». De risa, ¿no?. La conversación siguió un momento más «ay, qué alegría papá, dame un beso» y  él, después de darme uno de esos besos seguidos que te daban los abuelos de pequeña ¿os acordáis?, dice«¿te ha gustado? ¡pues toma más!». ¡Ole, viva el neurocirujano y su madre por parirlo confundido!

Esto sucedió hace 7 años. El padre sigue vivo, no muy coleando pero vivo. Y eso es lo único importante, ¡vivo! que ha tenido varios infartos, rotura de cadera, hidrocefalia, que ya no se vale por el mismo y ha habido que buscar soluciones, que … pero… ¡sigue vivo! y es para estar contento y celebrarlo ¿o no? Pues en general no, se dice que sí con la boca chica pero no.

Y me he acordado de todo ello porque esta mañana he visto a Teresa. Su marido murió hace un par de años y desde entonces la he visto varias veces al subir o bajar a casa. Siempre me alegra mucho verla, sigue menuda, bien puestita…y quejosa. Por más que he intentado con humor decirle que lo importante es que está viva, que qué bien que le ha dejado la vida un ratito para disfrutar de ella, de poder estar un poco tranquila después de tanto cuido al marido… siempre había un «sí pero: sí pero hija estoy sola, todo el día como un tonto, mi hija viene cada 8 días y mi hijo está muy ocupado y los nietos…» «pues busca amigas, vete a algún centro de mayores….» «sí pero con el tratamiento que llevo tengo el estómago…» «sí pero como no oigo bien …» así todo el tiempo. Afortunadamente al final ha sonreído un poco ¡qué bonita! «eso, qué bonita la sonrisa» «sí hija, pero…»

¿Dónde nos enseñarán esa auto-limitación? ¿Quién será el responsable de esa poca gracia que nos acompaña? ¿quién?¡que le damos para el pelo!¿Es natural este afán de sufrimiento? Claro, fácil no es, fácil no, el dolor, la enfermedad siempre son «ensombrecedores de brillo» ¿cómo no? Pero (ya salió la palabrita) poner peros todo el tiempo ayuda poco a vivir en el pleno sentido.

Un buen ejercicio para no aburrirnos: estad atentos a vuestros «sí, pero» o «no, pero». Un pasito para la re-evolución.

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