Un honor y un regalo, maestro, para entender y actuar en este momento «apasionante»
Gracias

LEMA ORANTE: LOS EXTREMOS.
DR. JOSE LUIS PADILLA. 6 de Enero del 2013-
Suele coincidir que… en los tiempos de mayor apretura, dificultades, alteraciones de climas, producción de alimentos, escándalos políticos, financieros, religiosos… suele ocurrir que la consciencia del ser se desplaza hacia dos sentidos opuestos:
Uno, el que renuncia a cualquier posibilidad de cambio, mejora; y –obviamente- encuentra al culpable de todos los males, y renuncia –en consecuencia- a su credo, a su fe, a su espiritualidad; se materializa, se concretiza, se desespera.
Y otro extremo, incapaz de participar con su recurso, con sus bienes y sus dones, en un arreglo, en una mejora, en un cambio. Incapaz; sintiéndose incapaz, porque le gustaría ser capataz y no lo es, y entonces considera que su acción es pequeña; tan pequeña que no va a ser valorada, no va a ser aplaudida, no va a ser ‘nobelizada’. Y, entonces, se entrega a pedir, a pedir, a pedir… porque se dijo que se daría, se daría, se daría, y confía plenamente –sic- en lo Divino, para que un milagro –o dos, mejor; uno para los demás y otro para él- acontezca, y así se salve la situación.
Los extremos suelen colapsar el recorrido; el transcurrir. Sí, porque tan pronto se van a un comienzo como a un fin, sin que exista comienzo ni fin. Entonces, se van a una posición inexistente. Se vive en lo inexistente, y como no existe… –sino tan solo en la falta de maduración-, el resultado es inadecuado; el resultado es el menos propicio.
Es como si fuera al nacimiento y a la muerte. Imagínense una criatura recién nacida, encargada de coordinar los asuntos sociales de un país; porque le ha tocado. O imagínense a alguien… en la unidad de vigilancia intensiva, inconsciente y sedado, encargado del Ministerio del Ejército. El resultado, podemos suponer que va a ser manipulado. No están en su… –como se solía decir- “en su sano juicio”; están “descatalogados” –que se diría hoy en día-.
Y no es que los extremos sean malos, no, es que son inexistentes. Existen en la consciencia deteriorada del criterio y el concepto de la vida. Y más aún desde la óptica orante. Pero cierto es, también, que la mejor postura no es –no es- la de “el justo medio”; es decir, entre las piernas. ¡No! No son los genitales la mejor solución para esos momentos de “crash” humanitario o humanista.
A causa del criterio de “comienzo” y “fin”, cuando la situación se hace crítica, los extremos son la peor solución.
Esta “problemática” –vamos a llamarle así- no es de generaciones o… ¡No y sí! Es decir, se produce habitualmente en la vida de un ser. Y, además, se da con más o menos frecuencia… en diferentes profesiones. Y, además, también transcurre en generaciones, cuando las condiciones se hacen complicadas.
Es decir, que tiene diferentes niveles. Y se puede vivir en terrenos parciales, ‘semiparciales’, completos…
Nuestra capacitación de “gran angular” que puede adquirir el ser, ahora, en determinados círculos, es absolutamente… apasionante. ¡Sí! En apenas una fracción de tiempo, se han podido vivenciar creaciones de imperios, de poderes, caídas… exabruptos de riqueza, atroces miserias… durísimas enfermedades –durísimas-… gravísimos deterioros mentales, terribles contiendas… ¡Todo!, todo en un espacio de tiempo ¡tan pequeño! Apenas… cífrenlo en 75 años; un poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Una situación que todos pueden… entre recordar, medio vivir, haber vivido, etc. ¡No se puede ver tanto en tan poco tiempo!
Hemos oscilado entre Hiroshima y Nagasaki, hasta… los más inquietantes actos terroristas; nos hemos movido entre el olvido deteriorante del Alzheimer, y la terrible hoz del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida; hemos pasado de las imágenes más sublimes de los telescopios en órbita, como el Hubble, hasta el descubrimiento más insospechado del comportamiento de un gen.
Todo eso ¡en tan poquísimo tiempo!… Pareciera como si la humanidad hubiera cambiado desde la pubertad, a la juventud, y se encontrara con esos extremos tan ¡inquietantes!
Hemos pasado, de un fervor religioso, a un radicalismo, a un nihilismo y a una negación de cualquier aspecto Divino. ¡Y todo ello conviviendo simultáneamente! Hemos pasado, de tirar muros –porque dividían y porque eran dramas y tragedias-, ¡a construir otros más grandes y más fuertes!…
Se ha pasado de… del amor incondicional y prieto, al amor evanescente de un aprieto. De “prieto” a “aprieto”.
Todo vivido simultáneamente. Como si viéramos a la izquierda, y viéramos un…; y viéramos a derecha, y viéramos un… ¡Claro! Eso es fácil que nos ‘extremice’; que nos desespere; que nos ‘maniatice’; que nos… deprima.
Sí. Nos colocamos en esa historia: en lo que llamamos hace poco, en un encuentro internacional, un “Síndrome Tripolar”. Igual que se hablaba del Síndrome Bipolar, hablábamos del Síndrome Tripolar: en un extremo, los deprimidos; en otro, los maníacos; y, como si fueran en el medio –pero que no son “en medio”; es otro pico del triángulo-, los de ansiedad, los de angustia y los de desesperación. Un triángulo realmente desolador, donde no hay descanso, ¡no hay!… sosiego, serenidad…
Y, como si fuera un delineante, el sujeto pasa de un extremo a otro del triángulo; y todo ello por haber concentrado una dinámica de humanidad –en tan corto tiempo-, con unas sorprendentes variaciones.
Y, ¡sin duda!, al decir “un momento apasionante”, es… es ese lugar o espacio vacío en el que podemos gravitar, a veces momentáneamente, que no está en ningún ángulo del triángulo; como –bien vale- esa imagen triangular en la que se ve el ojo de Dios, en el centro. Bien podría ser útil para… sentirse ahí, mientras aparentemente nos custodian tres dramas, tres tragedias –drama y tragedia, a la vez-.
Pero, a la vez –a la vez-, ese ojo que mira en el centro, desde el vacío, desde la nada, en cuanto parpadee… disuelve la figura del triángulo; lo abre.
Desaparece… esa pena, ese penar –ese “penal” del que hablábamos en otra oración-. Por eso es un momento apasionante: porque se está en la oportunidad de saltar a otra perspectiva que, en principio, al carecer de figura geométrica, no tiene ningún barrote; no tiene ningún drama ni tragedia; no hay un punto donde concentrarse.
Y así –hasta donde alcanza nuestra memoria histórica- nunca habíamos estado. Por otra parte, es lógico; trascurre la especie y la humanidad, y cada momento es diferente. Pero, como se suele decir que se repiten los mismos acontecimientos…
Se repiten hasta un cierto punto. ¡Sí! Sí se repiten; pero, cuando la repeticiones son de un nivel y de un dintel extremado, se forman configuraciones nuevas, diferentes, que buscan –como otras veces hemos hablado, de “estructuras disipativas”- disolverse para entrar en otros momentos.
Cuando se vive ese estadío, sin duda se está viviendo un momento “apasionante”. ¡Claro!, “apasionante”, siempre y cuando se pueda uno colocar en esa perspectiva de vacío, y no esté –y no esté- en ningún punto crucial; en ninguna esquina, en ningún ángulo; en ninguna flecha mortal.
¡No, no, no!, ¡claro! No es fácil el eludir esas posiciones. Estamos… –no en un cuadrilátero, como en un combate de boxeo- en un ‘trilátero’, y hay que moverse y desarrollarse sin estar en un extremo, en una punta…
¡Ay!… Quizás no sea mucho el ensoñar que nos crearon para ‘paradisearnos’… ¡de la forma que fuera! Para disfrutarnos. Y resultó que el desarrollo no fue ése; que fue un desarrollo arrollador de rapiña, de asombrosa posesión. ¡Quizás!… le faltó, a la criatura humana, la capacitación para saber complacerse, disfrutarse… sin arrebatarse, sin posesionarse. Y, a partir de esa falta, todo se fue precipitando.
Esas extremadas condiciones que nos hacen visionar –o abrirnos la posibilidad de visionar-… una situación “apasionante”… son como –desde la óptica orante- son como la gran oportunidad de constituirse en otra… –nunca mejor dicho, ahora que se entra en la renovación- en otra configuración. Eso ocurre cada… ¡mucho tiempo! Son pasos muy irregulares en cuanto a transcurrir, pero que marcan la fuerza de la Providencia para llevarnos a la máxima contemplación. Desde la aceptación complaciente, siguiendo por la adaptación, continuando por la mutación, siguiendo por la evolución, y entrando en lo trasfigurado. Aceptación… adaptación… mutación… evolución… trasfiguración…
Todo puesto ahí… ¡a la vez!
Sin duda, podríamos decir que es ¡increíble!… Que todo ello se configure en un determinado instante, en un momento, obedece a causas excepcionales. Y cualquier –¡cualquier!- intento de dominio, posesión, presión, obligación, intimidación… está abocado a un ¡rotundo fracaso!
Cualquier rasgo de vanidad, soberbia, imposición… es un punto más de los ángulos de ese triángulo; es un “no ver”, es un “no aceptar”, es un “no adaptarse”, es un “no mutarse”, es un “no evolucionar”, es un “no transfigurarse”…
En esa ruta, cualquier imposición, maniobra o actitud… que trate de manejar, manipular o convencer, termina pronto y en estrépito. Y agoniza entre lo depresivo, lo maníaco… o lo angustioso, lo ansioso y lo desesperado.
¡Es bueno saberlo!, para… –sabiendo que se está en ese momento excepcional- también advertirse de que… cualquier movimiento tendente a esos extremos hace perder esa óptica de… “estar próximo a… la nueva… luz”.
Para haber llegado a este punto –sin punto- de vacío, se ha precisado… el ser absolutamente intransigente –parece un extremo, ¿verdad? No, es ¡rigor!- a cualquier presión, a cualquier chantaje, a cualquier caridad mal entendida, a cualquier intento de manejar o manipular; y, obviamente, para llegar a esa posición, se tiene siempre –de momento- esos agobios que tratan de secuestrar la perspectiva contemplativa y cambiante, para llevarla a un extremo. Como se suele decir en el argot popular: “Arrimar el ascua a mi sardina”.
No es la ruta rigurosa que en este sentido orante se ha cultivado, el ser… veleta de intereses interesados.
Se sabe –y hay que aprenderlo bien-, en este rigor, que la caridad mal entendida produce ¡la peste!… Y si no se lleva el rigor de la alegría, el humor, la esperanza, la generosidad, lo solidario, la obediencia, la aceptación, la adaptación, la mutación, la transfiguración…, si no se lleva ese riguroso sentido “apasionante”, se puede caer en la vanidosa pretensión de ¡conseguir lo que se quiera!… –¡claro!- a costa de lo que sea.
Esa visión de… el ojo aparentemente atrapado en un triángulo, es la visión que nos reclama, el sentido orante, para disolver ese triángulo de… obsesión, desespero, tristeza… Todo, con miedo.
La Pupila de Dios nos acoge en su Misterio… hacia la disposición de contemplar, de contemplarnos… sin ser flechas, sin ser esquinas, sin estar cerrados…