Agradecida,

LEMA ORANTE DE LA SEMANA:
LOS VAIVENES DE LAS SEGURIDADES, DE LAS GANANCIAS Y DE LAS PERDIDAS.
Tian, Dr. JL Padilla. 31/03/13
Es claro que, en la mayoría de los casos de los seres humanos, predomina la fuerza de superación… para poder solventar los obstáculos, las dificultades, y –como cualquier especie- buscar los mecanismos y habilidades para sobrevivir, supervivir, y conseguir un espacio, dominio, poder… que garantice la continuidad.
En un porcentaje menor, sin duda, pero significativo, están aquellos momentos o aquellas personas en las que, ante las dificultades, los inconvenientes, las fuerzas de supervivencia, las fuerzas de recuperación, actúan con una cierta pereza, debilidad o… o incompetencia. Y, como consecuencia de ello, la resultante es una vivencia de vivir… dramática, difícil, terrible, que puede durar más… o puede durar toda la llamada “vida”.
¿Qué tendrá lo que se llama “malo”, de fuerza, que apenas si le hace cosquillas la bondad? ¿Qué tendrá…?
Las especies triunfantes, las que permanecen y se mantienen, adquieren un dominio de espacio, tiempo y lugar, que les da el poder necesario para mandar, ordenar, tener…
En los seres humanos, muchos afirman que no desean poseer, tener, asegurar; pero cuando tienen, poseen y aseguran, se sienten muy bien; y cuando no tienen, no poseen, no aseguran, no dominan, se sienten muy mal.
Según lugar, espacio, tiempo, cultura y necesidad –es decir, según la historia personal-, cada uno va a demandar una exigencia y una cuota de bienestar.
Sí; parece que suena a demasiado profano, pero lo cierto es que, en cuanto se quita la sombra de lo seguro, lo protector, lo cuidadoso, inmediatamente el ser entra en depresión, inseguridad, rabia, tristeza…
Cabría preguntarse:
¿Qué valor tiene en realidad, como recurso, el amor? –por ejemplo-. ¿Qué valor tiene en realidad, como recurso, la bondad? ¿Qué valor tiene –por ejemplo-, como recurso, lo vivido, lo sentido, lo guardado? ¿¡Qué valor tiene, en verdad! –como recurso, como valía-, lo descubierto, lo aprendido?
¿Qué valor tiene cuando, por un instante, las cosas no van ¡según! –según- lo que manda la orden, en ese momento de humanidad?
Todo se viene abajo. De nada sirven los recuerdos. De nada sirven las experiencias. De nada sirven las bondades, las oraciones, las meditaciones.
Se ha creado una especie tan autosuficiente y auto-dominante que, mientras no tenga su parcela de poder, de dominio y de control, no estará satisfecha. Y eso es el predomino general. ¿Que hay ya individuos e individuas que son capaces…? ¡Sí! Sí, los hay. ¡Pocos!
Sí; pero todos conocerán, sabrán o habrán vivido, historias, experiencias y situaciones en que se han tirado por la borda, al mar, diez años, quince, veinte, “por un mírame y no me toques… un poco más”. Ningún valor.
Realmente, como especie, la seguridad, el dominio, el poder, hoy por hoy, ha triunfado. Es y se ha planteado como tal… y el triunfo está ahí.
De nada sirve –¡de nada!, salvo excepción- lo amado, lo admirado, lo recordado, lo vivido… ¡Noooo! Lo que cuenta y lo que importa es, ahora, lo que tengo, lo que puedo, lo que admiro, lo que puedo conseguir, lo que tengo seguridad de vivir, lo que puedo guardar. Y así como de repente –¿verdad?-, todo lo que no era poder, seguridad, dominio, ganancia, se queda aparte como… ¡bueno!… como el jovencito que ya pasó la juventud, y ahora es adulto serio y honesto, honrado, casado y con hijos, y toca…
¡Qué horror!
¿Por qué “qué horror”?
Sí. “Qué horror”… porque toda la inversión que de amor se ha hecho, para que un ser adquiera saber, estar y conocimiento, si luego no se ve refrendada por la obtención de un poder, de una ganancia, de una seguridad y de una potencia, de nada ha servido.
¡Ahhh! ¡Qué bien se está cuando las cosas van bien! ¡Qué mal se está cuando, por alguna razón, las cosas no van como uno quiere que vayan!
Y entonces, ¿dónde están los recursos? ¿Dónde están lo remedios?¡Ah, no! ¿Remedio? ¡Ah, sí! Recientemente se habló, en un lugar, de “remedios”. ¡Ah, “remedios”! ¡Sí!… Suena.
Y cuando se contemplan con cercanía los desastres, se ve que ha sido un poquito de envidia, un poquito de ignorancia, un poquito de rabia, un poquito de falta de alabanza, un poquito de… y ¡ya! ¡Ya!… Ya la persona se convierte en una piltrafa. ¡Ah!, ¡eso sí!: en cuanto tiene un poquito de vanidad, un poquito de ayuda, un poquito de aplauso, un poquito de… –¡ah!-, se convierte en el rey del mambo o en la reina del mar. ¡Qué bárbaro!
Probablemente, por momentos se piensa –en el sentido orante- que estamos más atrás de lo que parece. Y, por momentos, en el entusiasmo de la búsqueda y del sentido de lo divino, se piensa que hay recursos y remedios… ¡inagotables! Cuando se les pone a prueba… son como los malos boxeadores: no resisten ni un “round” –apenas son tres minutos-; y, ante la primera contrariedad, o la segunda, por supuesto ¡se agranda!, se inmensifica, se magnifica… y, si llevaba dos semanas mal, dice que lleva 18 años mal.
“¿Pero cómo lleva 18 años mal, si… ¡si es que no le ha dado tiempo!? ¡Si tiene usted 15!”.
La exageración dramática de la tragedia es… ¡voluptuosa!
¡Ah! ¡Pero no es así cuando la sonrisa de la seguridad, la gloria y el bienestar, sonríe! ¡No! Se quiere tanto más y más y más… que, por una parte, se es insaciable a la hora ¡de poseer, de dominar, de controlar, de asegurar!; y, por otra parte, se es frágil y al borde de la ruptura: cuando –en apariencia- se pierde, se desespera.
¡No hay punto medio! ¡No! Sobre ello se ha especulado mucho: un punto medio en el que… ¡No! ¡No hay punto medio! Ese es el punto mediocre.
¡Hay un punto de valor! ¡Hay un punto de valentía! ¡Hay un punto de aventura! ¡Hay un punto de fe! ¡Hay un punto de esperanza! ¡Hay un punto de ejercicio de apuesta, de claridad! Hay un punto… ¡de entrega! Hay un punto ¡de pacto! Hay un punto ¡de certeza!; que, venga lo que venga, que ocurra lo que ocurra, bajo ese punto ¡hay respuesta!, ¡hay acomodo!, ¡hay aceptación!, ¡hay plegamiento!, ¡hay creación de nuevas habilidades!, ¡hay transfiguración!, ¡hay transmutación!, ¡hay…!
¡Ay!… Hay tanto, que no hay disturbio; que no hay contrariedad que pueda inquietar a… el “tanto”.¡Hay que superar ya el drama de la tragedia!, ¡de la muerte!, ¡del principio y del fin! Hasta sus planteamientos y su nomenclatura resulta ¡aburrido!; desesperadamente… ¡doliente!
Sí; porque, en la medida en que se cultiva ese principio y ese fin, después de que ha pasado el principio, se aguarda, casi con ansiedad y con babeo, el fin, la debacle, la ruptura. Por momentos, las comunidades humanas se asemejan a grandes depredadores y carroñeros, ¡que están esperando el momento de debilidad para atacar!, para corroborar que, efectivamente, lo importante era lo seguro, lo potente, lo ganador. Y sobre ello hay que actuar, ¡aunque al final se pierda! Pero, mientras se domina, se controla y se maneja… se asegura.
Los sueñecitos de Dios, de historias amorosas, de entusiasmos momentáneos, quedan para… casi el recuerdo –cada vez más- de una cultura… o de una especie que falló, y que tuvo que recurrir –¡claro!- a la cordura del dominio y del control, de la posesión y de la pertenencia.
Sin ser limitado, el ser se limita para así conservar su parcela de dominio. Como ve que todo no lo puede dominar; como ve que todo no lo puede manejar, manipular; como ve que todo no le obedece; como ve que lo que le importa no claudica, se queja, protesta… pero no busca el ánimo, no busca lo inseguro, lo probable, lo “quizás”. No. Quiere el despacho ya puesto, el sueldo… y la posición. ¡Claro!, muchas veces dice:
-¡No! ¡Eso no es lo que yo quiero! Quiero otra cosa.
A veces, la ambición es ¡mayor!… y lo que se quiere es el poder del espíritu, sobre otros; el dominio y la claudicación. Pero, si puede tener despacho, mejor.
Consciente es, el sentido orante, de que el dominio de ¡lo dominante!, de lo dominador, de lo impositor… es la corriente que hoy ¡impera! Y en cuanto pierde un poco de influencia –o así lo piensa-, drama acontece y tragedia se avecina.
Y, consciente de ello, la oración sigue clamando, meditando, contemplando, ideando, fantaseando, imaginando, proyectando… aunque sea borrada, quitada, olvidada, dejada, apartada…
Parece que da miedo, lo Eterno. Parece que asusta que pueda haber ¡algo!… no solamente que nos supere –porque ése sería un concepto puramente humano-, sino algo que pueda estar fuera de nuestra capacidad ¡de control y de dominio!
Resulta ¡difícil!… dedicarse, centrarse, vocacionarse, realizarse, obedecer –bueno, eso ya…-, escuchar, compartir. ¡Muy difícil! De ahí que el ser de humanidad vaya dando tumbos de caídas y recaídas, subidas y bajadas, según su influencia, su dominio y su poder –el que ejerza en ese momento-.
La oración, hoy, nos trata de mostrar –“trata”, ¿eh?- algo muy simple:
Los saltos de permanencia que ha mostrado la humanidad, como especie, se han producido por acontecimientos de ánimo y de espiritualidad: por ideales, por intuiciones, por amores…
¡Sí!, ¡sí! Racionalmente, eso no significa nada. Para el que está ¡mal!, nada es bueno. Todo lo convertirá en malo: una mirada, un comentario, un…
La fuerza de la razón. Las arregladas –como photoshop- evidencias. Las pruebas y demás artilugios que el ser humano se va fabricando, para reclamar su importancia; para exigir su posición.
¡Increíble!
La Creación ha permanecido anónima, con sus fuerzas inconmensurables, sin exigir ninguna posición. Nos ha ¡servido y servido!, y nos sirve… con sus amaneceres, sus lluvias y sus cantos de pájaros; con sus exuberantes bosques; con sus variables colores.
¡Pero nada de eso importa!… cuando el ser superior se ha encaramado ya en su estatuilla, en su hornacina, en su pedestal.
Entre los que vienen a quitarle y entre los que le envidian, más el ansia de querer ascender más, el ser se desespera, se angustia y se tortura.
Eso es lo que hay que sanar. ¡Esa situación es la que hay que sanar! ¡A ésa es a la que hay que llamar!… para que se cambie, para que se modifique, ¡para que descubra lo realmente vital! Para que sepa hacer, de las vivencias, un presente continuado. Para que se dé cuenta de todo lo que tiene regalado; ¡de toda la oportunidad que se le brinda y que se le ofrece! Para que se dé cuenta de lo mucho que está cuidado. Para que quizás pueda descubrir que, por mucha soberbia y vanidad, poder y dominio, que tenga, éste se acabará, Y, cuando se aproxime su fin, será un dolor y un desespero, ¡enorme!
Claro que tampoco sirve de mucho, avisar. Es tan radical el instaurado afán de influir, controlar y dominar, que ni la mismísima muerte, que te llame cerca, te hace renunciar.
Es “tránsito”, esos momentos, ¡sí!; como decíamos, “dando tumbos”. Hasta que, en uno de los tumbos, te golpeas demasiado.
Es llamativo, nos dice el sentido orante, hoy, el volver a aprender. Lo que usted sabía, así le tiene. Ha tirado lo que le enseñaban. ¿Está dispuesto, de nuevo, a aprender? ¿O, como ya lo sabe todo y tiene suficiente experiencia, y ha vivido lo necesario, ya ¡nada hay que aprender!, ¡nada hay que modificar!, ¡nada hay que variar!?
Entonces, ¡no necesita usted escuela! Lo que necesita es montar una academia de tragedias y dramas… para que las personas lo lleven lo mejor posible, pero consigan disfrutar con el dolor propio y ajeno.
El sentido orante nos muestra las maravillas no poseídas. Nos enseña las fantasías no controladas. Nos muestra los ‘haceres’ no pensionados. Nos enseña lo libertario, ¡lo liberador!… que no tiene contrato, ni fecha, ni diploma. El sentido orante nos enseña, nos muestra –como si fuera una fotografía-… algo que es y que está, pero que no nos pertenece; pero que podemos disfrutarlo, compartirlo, sentirlo, vivirlo…
El sentido orante nos recuerda, una y otra vez, que somos habitantes de un infinito