EL LOCO Y EL ERMITAÑO… un cuento para entender

Y esto es un no parar de sincronías. Ahora que hemos retomado el auto-estudio con los arcanos mayores… les comparto un bello cuento en torno a dos de los arcanos: el loco y el ermitaño.

La moraleja vuelve a chocar con la moralidad que nos han querido imponer (al menos que yo recuerde): está muy bien ayudar a los demás, vale pero… sin olvidarse de uno mismo que luego pasa lo que pasa.

Y un apunte más que se me viene a la cabeza al leer el cuento: el loco no le pide en ningún momento ayuda al ermitaño, es éste el que se empeña en querer ayudar, en querer salvarlo… Eso nos pasa mucho a las féminas – dénle una pensadita) cuando nos enamoramos de fulanito para salvarlo, para mejorarlo, para cambiarlo. Nunca me he encontrado un hombre (amigo – pareja ) que pidiera que le cambiara, que le puliera… al revés. Y en esas empresas se nos va la vida sin vivir la nuestra.

Pues ale, a vivir ¡sin interferir!

Gracias

Alejandro Jodorowsky: La fábula de hoy está inspirada en dos cartas del Tarot: El Loco y el Ermitaño.

Un ciudadano se volvió loco, tomó un cayado, una bolsa con pan y se fue a recorrer bosques, valles y montañas. Las zarzas dejaron su traje hecho harapos, el sol ennegreció su rostro y las piedras se comieron la suela de sus zapatos. Convertido en esperpento, perseguía a las mariposas, queriendo revolotear con ellas. Sin embargo en la miseria de su aspecto brillaba una luminosa sonrisa. Era tal la alegría de esa expresión que los insectos venían a chocar contra sus dientes, atraídos como por un foco… Una noche pasó frente a la caverna donde vivía un ermitaño. Al ver al orate, el anciano se inquietó: “Este pobre camina sin mirar la tierra. El suelo está lleno de trampas para bestias, de espinas y precipicios. ¡Debo salvarlo!

Tomó una lámpara y trató de dársela al loco. Este quiso asir la llama creyendo que era una mariposa más intensa que las otras y, al quemarse, la arrojó lejos. Viendo que no había manera de razonar con él, el anacoreta abandonó su retiro para avanzar delante del extraviado, para alumbrarle el camino. Al cabo de un rato miró hacia atrás y constató consternado que el loco hacía mucho que había dejado de seguirlo para ir en pos de las luciérnagas. Lo encontró hundido en un pantano, menos preocupado de ahogarse que de salvar las pequeñas luces que sostenía en su palma.

El viejo le alcanzó una rama, lo lavó, lo secó y cuando el demente volvió a caminar, terco como todos los sabios que siempre quieren terminar lo que comienzan, otra vez le alumbró el paso, pero en lugar de darle la espalda, avanzó retrocediendo. El insano, como hacia donde quiera que avanzara se encontraba alumbrado, corrió cada vez más rápido. El ermitaño retrocedió haciendo un máximo uso de sus esqueléticas piernas. Llegaron hasta un precipicio. El ermitaño, sin tener ojos en la nuca que lo advirtieran del peligro, se precipitó en el abismo. El loco, siempre sonriente, corrió hacia los bosques en pos de un fuego fatuo.

Es bueno ayudar a los otros, pero no hay que olvidar, al mismo tiempo, de ayudarse a sí mismo.

Fuente: http://planocreativo.wordpress.com/2010/10/05/el-placer-de-pensar-50/

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