LA REPETICIÓN desde la perspectiva orante. J.L. Padilla

GRACIAS

La resultante puede mostrar un ser adaptable, soportable, que no tiene que esforzarse… en ser lo que es. Porque su origen es una necesidad… de lo que hay. Su función es un servicio… de lo que se necesita.

LEMA ORANTE:

LA REPETICIÓN

DR JOSE LUIS PADILLA.

19/05/13

Cierto es que… un número de repeticiones, en la mayoría de los caracteres de cualquier realización o muestra del ser, es necesario.
Todo parece indicar que hay que martillear… un número de veces, a la estructura, para que ésta aprenda, descubra, actúe…
Pero parece –también- todo indicar que, cuando el número de repeticiones se excede de una manera ¡ostensible!… no solamente no aporta novedades al ser, sino que… perturba al entorno.
Supone, además del aprendizaje y la repetición habitual de cada uno, el asumir cada uno al otro, y al otro, y al otro, con sus excesivas repeticiones.
Cada ser adulto humano parece tener muy definida su firma; quizás también porque… la sociedad que la humanidad ha creado, existe e insiste en desarrollarse en base a “firmas”. La firma, no es ni más ni menos que el “¡firmes!” de… los militares; es una orden militar que el sujeto se da a sí mismo, evidentemente influenciado por el medio.
Y así, cada uno con su firma –que no se debe cambiar-, se hace “firmes”, se hace firme en su… repetición.
Y parece decir :
“Aquí estoy yo. Este soy yo, y no admito ningún cambio; no admito ninguna modificación”.
“La firma de la casa”. Y cada uno se va definiendo como sutil, egoísta, violento, dramático… Y cada quien se va poniendo el cartel, ¡o hay que ponérselo!, no vaya a ser que… si no pones en la puerta de la casa “cuidado con el perro”, vayas a entrar ¡y te vaya a morder!…
La firma –con el “firmes” de la orden militar-, la militarización del poder, al actuar, y la violencia que ello conlleva, se convierte –en el que no figura como “aparente militar”- en:
“Yo soy así. Nada voy a cambiar. No voy a modificar; no voy a rectificar. ¡Por supuesto!, no tengo nada de qué disculparme. Y, por evidencia, todo el mundo… procuraré y trataré de que me obedezca; de que se someta”.
Esa firma, ofrecida como personalidad, es la que trata de relacionarse con la Divinidad. ¿Y qué ocurre? Algo muy simple. ¡Muy simple! Tan simple como dramático: el disimulo, la apariencia, y la mentira. “Disimulo”, “apariencia” y “mentira”.
¡Sí! Esa es la faz que tiene que presentar un ¡fir-mes!… ante lo Divino. ¡No puede presentarse como es!
Así, puede descubrir ¡a todos los enemigos! Así puede cambiar –según el orante-, las perspectivas, las coordenadas… Y, prácticamente, termina pidiéndole a Dios que castigue a los demás: por no comprenderle, por no entenderle, por no obedecerle, por no someterse.
De ahí que –como podemos constatar por la historia-, salvo excepciones personales que cada uno contará, las plegarias y las oraciones y las presentaciones ante lo Divino no han resultado ser lo que… parece que debían.
Y, por eso, el ser es capaz de –una vez que es firme, y una vez que es adulto- ¡repetir, y repetir y repetir!… modelos de santidad, de cordura, de elegancia, de… Y resulta que es ¡impermeable! Todo le resbala, le ‘inmodifica’ –¡en la mayoría de los casos!-.
La militarización personal puede ¡más!… que la inspiración de un momento. ¡Se impone!, ¡se pone!, ¡se radicaliza!
La resultante humana es que cada uno va aceptando y aceptando y aceptando… ruedas de molino; y aceptando y aceptando… lo que no quiere ¡aceptar!
Y así, cada cual va renunciando, renunciando, renunciando… a su ideal; porque, de tanto aceptar, no sabe ya cuáles son sus propuestas. Tiene que obedecer ¡a tantos impuestos!, que la obediencia debida –“de vida”-, termina por olvidarse. Se hace estéril, su propuesta.
El sentido violento global, más el sentido interpersonal de violencia sistemática… –esa guerra de cada día- es ¡agotador!…
Pero, admitiendo las buenas intenciones –que de nuevo supone aceptar otras imposiciones-, la humanidad inventó el perdón.
Sí; ese “perdón”, “disculpe usted”… que justifica sistemáticamente la excesiva repetición, y prepara el terreno para una nueva.
El vaso se rebosa una y otra vez.
Se van tirando por la borda una y otra oportunidad.
Ni siquiera la nostalgia de ver cómo se van.
Poco a poco, claro, entre unos y otros se instaura el drama y la tragedia, y cada uno se desespera a su manera. De nuevo, el campo abonado para repetir. Cada uno abona su terreno según cree conveniente, pero, en general, ésos son los ambientes que hacen que –de nuevo- se caiga en la misma incursión; en la misma escisión; en el mismo ¡desagrado!
La voz interior militar es la que manda, la que se reafirma; y en la medida en que incomoda, molesta y obliga, se siente justificada, ¡honrada!… y decisiva.
Así, las comunidades humanas han ido evolucionando hacia el distanciamiento, al igual que las estrellas y las galaxias se separan y separan…
En la medida en que la “insoportabilidad” se hace testimonio, en el extremo límite –“en el extremo límite”-, cada cual sólo se aguanta a sí mismo.
Un soldado en medio de una explanada, solo; ¡firmes!
El diseño no es ése, pero ésa es la imagen que puede resultar útil, cuando el ser se empeña en repetir… y, en consecuencia, imponer: una gran explanada desierta… y un ser en posición de “firmes”. Y, así, explanadas y explanadas y explanadas…
¡Sí! La teoría… –parece mentira que, en el siglo XXI, todavía esté separada la teoría de la práctica-. Sí. La teoría, cada cual –más o menos- la conoce; y más… –más bien menos- la teoriza, la conceptualiza; tan “menos” que, luego en la práctica, no…
Se olvida, se… ¡No se tiene en cuenta! ¿Para qué ¡tanto gasto de plegaria estéril, aparente, falsa y… tragicómica!? ¿¡Para qué!?
Y lo curioso es que cada cual reconoce sus repeticiones, las admite, sabe de sus inconveniencias… pero no está dispuesto a modificar su firma. ¡Esa es la firma de la casa! –que luego se echa la culpa a “la herencia”-…
Sí. ¡Es cierto! Es cierto que, después de treinta y cinco o cuarenta y seis años, dice:
-Algo ha cambiado.
Y dice:
-¡Claro, hombre! “Algo”… Si antes mordía cuando hablaba; ahora se le han caído ¡los dientes! Claro, ¡ya no puede morder! Pero, ¡vamos!, no es porque haya evolucionado y haya cambiado sus pensamientos, ¡no, no, no, no! Antes corría detrás de ti y te daba con la palabra o… con el gesto. Ahora ¡no puede!, claro…
Decía el refrán: “Genio y figura hasta la sepultura”, como para mostrar que elser se ha hecho ¡incambiable! Y, justamente, lo que necesita la vida… ¡justamente, lo que tipifica la vida!… es la evolución, es el cambio, es la mutación, es la adaptación, es la flexibilidad… ¡Porca miseria! ¡Si hasta la ciencia lo tiene escrito! –que es lo más rígido y antinatural-… ¡Tiene que aceptar que se muta! ¡Tiene que aceptar que se evoluciona! ¡Tiene que aceptar el cambio!… ¡Hasta la ciencia!…
Sin duda, como dice el adepto musulmán: “Dios es grande. ¡Muy grande!”.
Y se suele recurrir a lo Divino… para ver si escucha nuestras plegarias de firme, de ¡firme!, de firma.
Ante lo Divino –¡seguramente por la grandeza!-, toda esa firmeza intransigente, recalcitrante, resulta –seguramente- ¡una minucia!; un pequeño y ridículo… defecto. “Seguramente”.
Y eso, esa minucia que –para lo Divino- puede suponer toda la tragicómica y esperpéntica repetición de violencias, seguramente nos capacita para albergar esperanzas; para sonreír al nuevo día; para bromear con el nuevo mes; para… ¡ni siquiera intentarlo!, pero.. sabiendo qué es lo que incomoda, simplemente, desacomodarse. La cómoda respuesta ‘golpeante’, ¡que se desacomode!; que se pliegue a una incómoda… ¡novedad!
Si estamos orando ahora, es porque sentimos que ¡eso está ahí! Esa opción es… ¡posible! ¡Podemos dejar de ser estatuas de recuerdos que imponen!, y ser olas imprevisibles que culminan con languidez y dulzura, en la orilla; en la arena. Sin golpear. O bien, nubes transeúntes que animan la pintura, el color y la dulzura… que supone el despertar.
La grandeza que nos acoge, desde su generosidad, aguarda impaciente ¡el desarrollo!… del potencial de humanidad, capaz de congeniarse, congratularse, cooperarse…
Que el manto ¡creativo orante!… cubra las plegarias de los que se atreven a ¡mostrarse!…
La resultante puede mostrar un ser adaptable, soportable, que no tiene que esforzarse… en ser lo que es. Porque su origen es una necesidad… de lo que hay. Su función es un servicio… de lo que se necesita.

Ámen

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